Un esqueleto, quizás el de un dinosaurio. Ése es el aspecto que presenta el Museo, pura fantasía por dentro y por fuera. Santiago Calatrava quería espacios amplios, donde la luz fuera protagonista. Y también el color blanco, el resplandor de los cristales, el agua para que el edificio se reflejara en ella.
Así nació esta sorprendente construcción, dividida en cuatro plantas, con una superficie de 42.000 metros cuadrados. Sus dos fachadas cuentan con paseos exteriores suspendidos a diferentes alturas, que llegan hasta el borde del antiguo cauce del Turia. Un gigantesco ‘hipermercado’ para la divulgación de la Ciencia.