07/01/2009

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Stuttgart, la estrella de la selva negra
Las mayoría de las joyas arquitectónicas fueron reconstruidas tras la Segunda Guerra Mundial siguiendo los planos originales. En la foto, vista desde el restaurante Cube en el Museo de Arte Moderno.
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Stuttgart
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Acercarse a la vecina localidad de Ludwigsburg (a tan sólo 16 kilómetros) para visitar el Palacio Residencial Ludwigsburg, que con sus 458 habitaciones distribuidas en 18 edifi cios es uno de los palacios barrocos más grandes de Alemania; el Palacio Favorite, un romántico palacete del mismo periodo, y el Palacio Monrepos, de estilo rococó (Líneas S5 y S4). También merece la pena acercarse a Esslingen am Neckar, una preciosa ciudad medieval situada a 13 kilómetros de Stuttgart (Línea S1 dirección Plochingen) o dar un paseo de una hora de duración por el río Neckar. Los barcos de la empresa Neckar Kaeptn parten desde el embarcadero Wilhelma, junto al parque botánico-zoológico.

 

 

 

 

 

 

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Stuttgart, la estrella de la selva negra

10/07/2007

Nuria Cortés / Fotos: Alberto Paredes

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Stuttgart, la estrella de la selva negra

Stuttgart, la estrella de la selva negra

Situada a las puertas de la Selva Negra, esta agradable ciudad del sur de Alemania, rodeada de colinas y viñedos, empieza a sonar mucho para los viajeros españoles amantes de una escapada interesante. Se oye hablar de su poderío industrial, pero también del hecho de que el 56 por ciento de su espacio está ocupado por zonas verdes. Se elogia a su equipo de fútbol (campeón de la Bundesliga), pero también sus museos, sus palacios, sus balnearios y, sobre todo, a sus ciudadanos. La amplia oferta de ocio y cultura de la capital del estado federado de Baden-Württemberg queda por fin al descubierto.

No deja de ser curioso que la capital del estado federado de Baden-Württemberg naciera en lo que actualmente es la plaza Schillerplatz como un criadero de yeguas, tal y como demuestra el origen de su nombre, stutengarten.

Los equinos que trajera el duque Liudolf de Suabia alrededor del año 950 se convirtieron con el paso de los siglos en caballos de potencia que hoy recorren los caminos del mundo entero. Fue aquí donde el automóvil dio sus primeros pasos de la mano de Karl Benz y Gottlieb Daimler, dos ingenieros alemanes que nunca se conocieron, pero que trabajaron simultáneamente en el desarrollo del automóvil. Mientras Daimler inventaba el motor de cuatro tiempos junto a Wilhelm Maybach en el barrio de Cannstatt, Benz ponía sus energías en un vehículo de tres ruedas que pasearía en 1885 por la ciudad de Mannheim y que se convertiría un año más tarde en el primer automóvil de la historia. La invención que transformaría la economía y la sociedad del mundo curiosamente no deslumbró al káiser Guillermo II, quien afi rmó: “Yo creo en el caballo. El automóvil no es más que un fenómeno transitorio”.

Sin embargo, la ciudad que alberga las fábricas de DaimlerChrysler y Porsche, la otra gran compañía automovilística asentada en Stuttgart, no parece una urbe industrial. Su ubicación en el valle del Neckar, rodeada de suaves colinas pobladas de bosques y viñedos, junto a sus numerosos parques y jardines públicos, la convierten en una de las ciudades más verdes de Europa. Para darse cuenta de ello y además orientarse al comenzar la visita por la ciudad, lo mejor es subir a lo alto de la torre de la Estación Central. La panorámica que se observa permite distinguir la llamada “U Verde”, un inmenso espacio verde continuado con ocho kilómetros de longitud; los viñedos resbalando casi hasta la estación, la Torre de la Televisión, desde la cual en días claros se ven los Alpes, el Castillo Antiguo o Altes Schloss, las torres de la iglesia protestante Stiftskirche, el río Neckar a lo lejos, junto al cual se encuentran los tres balnearios de la ciudad, y, a los pies, la Konigstrasse, la principal calle comercial que atraviesa el centro.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Stuttgart sufrió importantes daños a causa de varios ataques aéreos que destruyeron el 80 por ciento de sus edificios. Muchos de ellos fueron reconstruidos siguiendo los planos originales, lo que ha permitido conservar parte de su aspecto previo al confl icto bélico. Por eso no es de extrañar que hasta que no se llega a la Scholssplatz, la Konigstrasse no tenga mayor interés que el de ir de compras por las numerosas tiendas o por los grandes almacenes Karstadt y Kaufhof, éste con una terraza en su azotea donde relajarse en una tumbona mientras los pies descansan sobre… la arena. La plaza del Palacio Nuevo (Scholssplatz) es un buen ejemplo de la tarea de reconstrucción de posguerra. Tanto el Palacio como el Edifi cio Real (Königsbau) y el Edifi cio del Arte (Kunstgebäude) se levantaron gracias a la iniciativa de sus ciudadanos, quienes lucharon por recuperar sus preciadas obras arquitectónicas.

Quizás por ello tengan a esta plaza como su gran salón particular, un lugar a donde acuden a tumbarse en cuanto el sol calienta lo justo, a relajarse bajo los castaños de Indias, a tomarse un vino de la región mientras ven discurrir el tiempo, a pasear por los jardines del Palacio, donde comienza la kilométrica U Verde; o a celebrar muchos de sus festejos, como la Fiesta del Verano, en agosto, o el Mercado de Navidad, uno de los más vistosos de Europa. Sin embargo, la plaza no acoge dos de las celebraciones más destacadas de la ciudad: la Fiesta de la Cerveza y la Fiesta del Vino. La primera se organiza en el parque Cannstatter Wasen, a fi nales de septiembre, y durante 14 días desfi lan por sus carpas y atracciones cinco millones de personas, convirtiéndola en la segunda más visitada de Alemania. La Fiesta del Vino, en cambio, invade desde fi nales de agosto las plazas Marktplatz y Schillerplatz, llenándolas de casetas donde se sirven más de 250 vinos de Baden-Württemberg y ricas especialidades de la cocina suaba. Pero la Scholssplatz también refleja el espíritu evolutivo de la urbe, que no quiere anclarse en el pasado. Como me comentó uno de sus ciudadanos: “Una ciudad conservadora no haría los coches más modernos del mundo”. Quizás sea por eso o porque, como dijo el fi lósofo Hegel, oriundo de la ciudad, “el miedo a equivocarse es la equivocación misma” por lo que no se dudó en el año 2005 en levantar en esta histórica plaza un cubo de cristal y piedra caliza para alojar el Museo de Arte de Stuttgart, destinado a exponer arte moderno y contemporáneo y entre cuya colección destaca la muestra más importante del mundo de la obra del pintor expresionista Otto Dix.

No es el único ejemplo. Otras de las construcciones de Stuttgart que demuestran que a la ciudad no le duele en prendas mudar de piel son el centro comercial Pasajes de Königsbau, que asoma por detrás del Edificio Real, el complejo urbanístico Weissenhof, una joya del racionalismo arquitectónico, y la Nueva Galería Nacional, fi rmada por James Stirling y una de las obras más importantes del posmodernismo. Esta pinacoteca, sita en la Konrad-Adenauer- Strasse, la llamada “milla cultural” por acoger también a la famosa Ópera de Stuttgart, el Teatro, el Archivo Nacional y la Casa de la Historia, entre otros edificios, alberga la colección de obras de Picasso más destacada de Alemania. Muy cerca de la galería se encuentra la plazoleta Eugensplatz, un fabuloso mirador al que se llega subiendo por una de las stäffele más representativas de Stuttgart. Estas escalinatas, que alcanzan un número de 500 en toda la ciudad, son un recuerdo de cuando las vides cubrían por completo las laderas y eran el único modo de unir el valle con las partes altas de las colinas. Aunque hoy el cultivo ha descendido, aún permanecen 360 hectáreas de viñedos que principalmente producen cepas Trollinger y Riesling.

En el cercano Barrio de las Judías o Bohnenviertel, llamado así por el origen humilde de sus primeros vecinos, quienes plantaban legumbres en los jardines, se encuentran varias vinotecas y restaurantes donde probar los caldos resultantes de estas cepas y otros muchos vinos de la región de Baden-Württemberg. Pero no se acaba aquí la oferta nocturna de la ciudad. En Stuttgart se nota el dinero y, aunque sus habitantes tienen fama de tacaños, lo cierto es que a la hora de acudir a cenar más vale cerciorarse de que no es necesario reservar. Buen ejemplo de ello son los establecimientos de moda como el Cube, abierto en el último y transparente piso del Museo de Arte, el Plenum, junto a la Ópera, y el Alte Kanzlei –con dos terrazas con vistas a la Scholssplatz y Schillerplatz– o locales clásicos como la cervecería Calwer-Eck-Bräu, en Calwer Strasse, y el restaurante Stuttgarter Stäfelle, especializado en cocina suaba y más concretamente en los maultaschen, una especie de raviolis grandes rellenos de carne, espinacas y especias.

Pero ya se esté bebiendo en una taberna, participando en la Fiesta de la Cerveza o yendo de compras por el precioso mercado cubierto, el Markthalle, es fácil comprobar el carácter dicharachero del suabo, que sufre cuando no puede hablar, es curioso por naturaleza y no tarda en preguntar de qué país es uno, cuánto tiempo estará y si ya ha hecho tal o cual visita. Quizás por su carácter animado, cuando uno se sienta en la terraza del Grand Café Plaine a saborear una de sus tartas, con toda la plaza Karlsplatz sombreada de castaños, entiende por qué esta urbe donde predomina el color verde es la que muestra los índices de felicidad más elevados del país. Aunque quizás ayude que la región de Baden-Württemberg tenga el mayor nivel de vida junto a Baviera. O quizás no tengan el mérito ellos porque, como dijo Hegel: “Los hombres no son sino los instrumentos del genio del universo”.

 

 

 

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